Mis errores, mis perlas.

Por  Becky Mitre

Como empresario y emprendedor, ¿te atreverías a presumir tus errores? Las estadísticas afirman que 9 de cada 10 empresas que inician, fracasan. Es decir, solo una lo logra.  Las causas pueden ser varias, entre las cuales se pueden mencionar: no realizar planes estratégicos a largo plazo; presupuestos conservadores o ineficaces de marketing; mala gestión financiera de los beneficios; falta de estrategia en Recursos Humanos y Gestión del Talento; falta de Inversión en Investigación, Desarrollo e Innovación, etc.

Quienes fracasan son las empresas y proyectos; sin embargo, detrás de ellas existen personas que se equivocan ¿qué hay que hacer con ellos? ¿cuál es el modo más constructivo de afrontarlas?

 

Hay quienes ante sus errores se llenan de mayor confianza, pero también los hay que ante los errores se retraen y se vuelven en extremo cautelosos.

 

Lo cierto es que todos afrontamos eventos, en mayor o menor medida, pero es distinto el modo como cada uno lo enfrentamos y el aprendizaje obtenido de los mismos. Lo ideal sería que cada evento vivido fuese una experiencia significativa positiva. Esto solo se logra cuando vivimos en el  presente, aprovechando cada instante como una oportunidad única de aprendizaje y crecimiento; pero para ello habrá que detenerse para obtener lo constructivo.

 

Los aciertos, por un lado, tendrían que ser grandes reservas de seguridad personal e incluso institucional –casos de éxito- que permitan recordarlos habitualmente para nutrir nuestra memoria afectiva respecto a la propia efectividad, que nos capacitan para aventurarse en nuevas iniciativas. Sin embargo, estas experiencias asertivas a menudo se pasan muy rápido, se dan por hecho y generalmente son sepultadas. Conviene ser “íntimos” con ellas, porque son parte base sobre las cuales se podrá innovar permanentemente.

 

Por otro lado, están los errores que son una magnífica oportunidad para revisar lo propio y adentrarnos en nosotros mismos para extraer la perla de aprendizaje que brinda a su ejecutor o ejecutores. Revisamos el propio error –personal u organizacional- no para enseñar sino para crecer, mejorar y proyectarnos hacia el futuro. Una vez que capturamos lo aprendido, es tiempo de seguir adelante. Los errores no son una bandera a llevar con la cabeza baja, sino un momento para empoderarnos con el aprendizaje que nos aporta y correr en aras de la visión personal o institucional. No es ignorarlos, es usarlos para proseguir hacia las propias metas.

 

¿Cuál ha sido tu error más recordado y recurrente? ¿Cuál es la perla que extraemos de él para comprar tu gran sueño personal u organizacional?